Comentarios a la Palabra – Fr. Vicente

LA SALVACION IMPLICA ACEPTACIÓN DE LA REALIDAD

El otro día hacía la comparacion a la hora de tratar posturas intelectuales y vitales como el relativismo, la posverdad, o el mismo nominalismo, como un intento de convencer y autoconvencerme de que un muro que tengo delante no existe, e intentar traspasarlo. Vi que se esbozaban algunas sonrisas y seguramente en otro contexto alguien me hubiera acusado de una excesiva simplificacion. Pues bien, en realidad este evangelio rompe con la verdadera simplificacion social de lo politicamente correcto. Entró Cristo, un personaje sencillo, en una montadura sencilla, cuando iba a ser proclamado como Mesias. Aún mas, rompe con la tentacion de sumarme a la moda y creer que soy original por proponer personalizadamente lo que en realidad no es más que el estereotipo y el eslogan social formulado con un lenguaje “transgresor”; es decir, politicamente correcto en la mentalidad posmoderna y, por que no decirlo, algo hipocrita.

¿Que es lo que hace Cristo en este pasaje? Alejarse de la demagogia y aceptar la realidad para ir acercándose a la verdad salvadora. Acepta la realidad del pueblo y su propia realidad con umildad. Jamas la niega, para que así su mensaje sea realmenre salvador de la realidad y no una utopia imaginaria y una manipulacion.

Hoy en dia aceptar la realidad se ha convertido enalgo gris, insulso, vulgar y algo simplista. Frente a esta actiud el ejemplo de Jesus que acepta la realidad para acercarse y predicar la verdad, la que libera, la que da la verdadera felicidad. Él no nos aliena como nuestros eslóganes politicamente “incorrectos”.Ni nos esclaviza como nuestas ocurrencias que parten de las ilusiones y quimeras compartidas.

Que el Dios de la verdad nos haga caminar hacia él, y para ello rompamos con lo politicamente correcto y con las fantasias comunes, para partir de la base sólida de lo real.

UNA JUSTICIA EVANGÉLICA

El evangelio de Cristo nos invita a superarnos día a día, no mediante nuestro esfuerzo sino dejando que el Dios de la bondad y la misericordia  sea cada vez más importante en nuestras vidas. Este dejar que Dios crezca en nosotros supone la capacidad de que la reconciliación con él y con todas sus criaturas crezca en nosotros. Por este motivo superarse en justicia, superarse en vivencia del evangelio implica una reconciliación, en primer lugar con Dios, en segundo con uno mismo y en tercer lugar con todas sus criaturas.

Sabemos que aceptar el amor de Dios supone necesariamente superar concepciones de la justicia como retribución. Se trata de aceptar una justicia que nos trata como lo que somos hijos de Dios e imagen suya, así es como nos trata el Dios que nos lleva a la resurrección y la vida, el Dios de Jesucristo. Si acogemos esta justicia seremos capaces de vivirla con los demás; y vivir esta justicia supone crecer en el amor y dejar atrás lo que nos esclaviza.

¿Se trata pues de una justicia de la acción que premia el resultado de la superación o el esfuerzo por superarse? La respuesta es no. Cristo no examina a la mujer para comprobar si verdaderamente había superado sus conductas. Simplemente le advierte de lo nefasto del comportamiento del adulterio y del mal humano que provoca precisamente en función del mal moral. Por tanto la justicia de Cristo es una justicia que se centra en el dolor y el sufrimiento que produce el pecado para compadecerse de él. Lo que pide Jesucristo es que vivíamos esa compasión para ser capaces de compadecernos.

La justicia de Jesucristo, la justicia evangélica pone de relieve la pobreza de la nuestra. Esto significa que nos queda mucho por recorrer en materia de Justicia y esto supone sufrimiento  y dolor para el mundo. Sufrimiento y dolor que estamos llamados a superar, desde la misericordia y la verdad como pilares de esta justicia evangélica.

Hemos hablado de la justicia, pero ¿Qué hay de la relación de la verdad y la justicia? Hace unos días oía que la verdad era lo que salía de los tribunales. Esto no puede ser, nuestra justicia, para ser justa y ser misericordiosa se ha de volver a la verdad, se ha de re-comprometer con la verdad que la sostiene. Para ello el primer paso es un compromiso decidido con la realidad. Por eso Cristo no pasa por bueno lo que no lo es y así lo declara, siempre con intención de ayudar a mejorar y con un estilo coherente “no vuelvas a pecar no sea que te pase algo peor ”

Pidámosle al Dios de Jesucristo un verdadero compromiso con la justicia evangélica, la que se fundamenta en la verdad y en la misericordia.

LOS HERMANOS Y EL PADRE

Muchas veces en esta parábola hemos asignado unos papeles muy fijos a cada uno de los personajes: El padre es Dios; el hijo descarriado uno mismo o cualquiera cuando ha cometido pecados; el hermano mayor cuando nos cuesta la reconciliación. Sin embargo, una vez más hay que reconocer que la realidad supera en mucho nuestra capacidad de teorizar.

¿Es qué nunca hemos sido pecadores?, y por tanto hemos sido el hijo pequeño. ¿Es qué nunca nos ha costado perdonar? Y por esto hemos sido el hijo mayor. ¿Acaso nunca nos hemos quedado impasibles esperamos que el que nos ha ofendido y rectifique por su propia iniciativa sin salir a su encuentro y ayudarlo? Entonces hemos sido el padre que espera. Seguro que también en alguna ocasión hemos sabido perdonar y hemos sido el padre amoroso.

Pero parece que siempre hablemos del yo, ¿Dónde queda Dios en esta historia? Ante esta pregunta deberíamos ayudarnos a contestar con otra ¿Dónde queda el amor en esta historia? Y vemos que es un amor que produce la conversión: El hijo retorna; el padre, por fin, sale a su encuentro, el hermano mayor escucha una explicación de acogida.

Ese amor es el que produce la conversión, es el operativo. Es cierto que fundamentalmente lo hace en el padre. Pero no podemos limitarnos a una visión del amor que a veces por centrarse el altruismo y el voluntarismo resulta restrictiva y excluyente. Es cierto que el amor del hijo menor es interesado, pero también es cierto que le lleva a volver en actitud penitente, de aceptación, de acogida del amor del padre en la realidad que le toca vivir. También es cierto que el hijo mayor en principio se opone acoger a su hermano, pero como mínimo escucha la reflexión del padre y no pone oposición, una reflexión de acogida y solidaridad fraternas.

Pidámosle al Dios del amor, al Dios de Jesucristo que nos convierta, que procuremos volver cuando sabemos que nos equivocamos; que nos permita salir compasivamente al encuentro de aquel que se equivocó, que nos capacite para acoger al hermano.

NUESTRO PRIMER PASO EN LA CONVERSIÓN

Realmente este evangelio es una llamada a la conversión, pero cuando lo analizamos bien, no se trata del concepto voluntarista que muchas veces hemos tenido de la misma. El evangelio nos ayuda a purificar y  profundizar en nuestro concepto de conversión, justamente para poder cooperar efectivamente en la misma.

Lo primero que hace el evangelio no es llamar a la conversión en sí, sino darnos pistas de que es lo que muchas veces hemos confundido la conversión y no lo es. No podemos asociar conversión a una referencia en este mundo, como se hacía en el antiguo testamento. En el antiguo testamento se pensaba que Dios premiaba y castigaba con su intervención indirecta en los logros y fracasos de este mundo. Era lógico, hasta poco antes de Cristo ellos no creían en la resurrección, y cuando creyeron en la misma, no era la resurrección más allá de este mundo, tal y como la creemos los cristianos. Por tanto, el primer paso al que llamó Cristo es a superar la lógica retributiva de la antigua alianza. 

Claro, esta explicación también nos la dio con su vida. Cristo desde el punto de vista humano fue un fracasado, sin embargo nos trajo la salvación. Con cristo, al traernos el reino del Padre, la vida del más allá a la cual va dirigida y desemboca la nuestra, el concepto de perder y ganar lo ha cambiado completamente. El criterio definitivo es el amor, ya que es lo que quedará y amor y vida confluirán en lo que llamamos felicidad. Este es el Reino de Dios, esta es la vida en Dios, esta es su victoria y nuestra verdadera victoria. Por esto los frutos del amor son en muchas ocasiones silenciosos según los criterios de este mundo.

Por otra parte Cristo, en la parábola de la higuera nos está mostrando la paciencia de Dios. Nos está haciendo descubrir nuestra vida como un tiempo y un proceso de conversión hacia él. Por eso la conversión es fruto de la gratuidad de Dios, de la presencia gratuita y salvadora de Dios en nuestras vidas. De la acción salvífica del verbo de Dios, él nos da un lugar el universo para forjarnos a la vida plena en él, nos da un tiempo la vida para que nosotros, sus hijos e imágenes suyas nos hagamos semejantes a él. También nos da unas potencialidades para ordenarlas a su reino que es nuestra felicidad, nos da una vocación a la vida en él que podemos ir descubriendo por la fe. Incluso nos da su presencia para que podamos descubrirla y dejar que nos guíe y nos atraiga hacia la vida plena y la felicidad en Él. Dios nos ha dado incluso a su hijo que entregó su vida para que su presencia fuera reconocible, identificable y nuestra naturaleza fuera redimida, es decir para que fuéramos capaces de acogerlo más plenamente.

Por todos estos motivos, podemos decir bien alto y bien claro, Dios nos concede la conversión. Pidámosle pues acogerla y vivirla nuestra vida como una cuaresma, un tiempo de gracia y de conversión a la pascua definitiva, a la vida feliz en Él.

EL ESPEJO DE NUESTRA VOCACIÓN

A primera vista, parecería que la transfiguración es simplemente un recurso para que Cristo pudiera explicar a los apóstoles la necesidad de pasar por la cruz y la muerte previamente a la resurrección. Además detrás de muchas explicaciones a la misma parece que es lo que trasluce. Sin embargo esta explicación vendría superada si atendemos a que en la encarnación de Cristo nada es accesorio. Él lo tuvo que asumir todo para llevarlo todo a la salvación. Por tanto sus gestos, sus demostración de que verdaderamente su reino no es de este mundo no son tampoco accesorias, nos muestran la salvación, la presencia de la vocación de su Reino en un aspecto concreto de nuestra vida.

En este caso nos habla de la presencia del Reino en el presente. Es cierto que el Reino de Dios, como nos han mostrado las corrientes teológicas más actuales es más “todavía no” que un “ya”. Con esto se nos quiere decir que la verdad, la belleza y sobre todo la vida y el amor al que aspiramos es total y perpetuo, por tanto al faltarnos esto nos movemos en el terreno de la incerteza. De alguna manera, podemos decir que en la felicidad y la belleza se hace realidad aquello de “quien no lo sabe todo, no sabe nada”.

No obstante la transfiguración nos muestra la importancia de valorar esa presencia del Dios del Reino que es verdad, belleza, amor y vida en nuestro tiempo, en nuestro aquí y ahora. Si somos conscientes de que el Dios del Reino, el Dios de Jesucristo nos acompaña en nuestro caminar por la Tierra, también seremos conscientes de nuestra vocación y de nuestra meta, la Vida eterna y felicidad total. Seremos capaces, pues de ponerla como meta de nuestra vida, y seremos capaces de discernir que los caminos que nos llevan a la misma son el de las relaciones de paz, justicia y amor con todos los hermanos.

Por tanto, es cierto que hablar del Reino de Dios es una vacuna contra los caminos que tienen apariencia de llevarnos a la felicidad y no nos llevan. Pero, además, en la transfiguración él nos mostró quien era y como un espejo quienes somos nosotros. Es por eso que la Trasfiguración es esencial para la vida religiosa y para toda vida de fe.

Que el Dios que nos mostró la gloria en nuestra historia nos conceda guiarnos por camino de paz, Justicia y amor hasta llegar a su resurrección.

El ENCUENTRO EN EL DESIERTO

Cuando pensamos en el desierto pensamos en un lugar inhóspito, difícil para vivir, incluso puede parecer un lugar cuya característica es la ausencia de vida. Sin embargo los primeros padres de la vida religiosa se iban a vivir en el desierto. Incluso algunas de las órdenes contemplativas denominan a los lugares de vida como yermos de manera llena de solaz interior y de alegría. ¿No será una especie de parodia del desierto? De ninguna manera.

El desierto es un lugar en el que cuando nos encontramos con El otro, no hay nadie que se interponga. Por eso era el lugar que elegían los primeros padres de la vida religiosa para encontrarse y vivir intensamente a Dios, sin distracciones, sin que nadie pudiera eclipsarlo o dar un reflejo del mismo que les equivocara. Por eso también algunos monjes hablan del yermo de manera gozosa. Se trata del lugar donde la presencia de Dios cuenta con menos mediaciones, que pueden reflejarla pero que también nos pueden llevar a confusión. Se trata del lugar del encuentro con el que es la vida y nos da la vida, con el que es la felicidad y nos da la felicidad, con el que es la paz, la justicia y el amor y nos permite construir una sociedad sobre estos principios.

¿Qué ocurre cunado viene el enemigo de Cristo y por tanto el enemigo del hombre? Que aparecen circunstancias y personajes que distraen y perturban la vida, la felicidad, la paz, la Justicia y el amor del Dios del Reino. Aparece la tendencia al exceso, de dominio, de avaricia, unas tendencias a proyectarse en otras cosas que nos distraen del Dios de la vida y del amor. Es la fe, es decir la capacidad de discernir y centrarse en el Dios la que devuelve a la persona la situación del Desierto del encuentro con Dios, consigo mismo, con su vocación a la felicidad.

Pidámosle a Dios que nos de el don de la fe para convertir nuestra vida en un encuentro con aquel que es nuestra vida y nuestra felicidad, en un encuentro con Él.

PREDICAR PARTIENDO DEL DESEO

         Hoy en día hay una exigencia y una necesidad de ejemplaridad muy grande en nuestra sociedad, en la Iglesia y se está volviendo una justa reivindicación de nuestros tiempos. No obstante no podemos dejar de situar esta exigencia en su justo lugar para no caer en los mismos errores y perjuicios que queremos evitar o superarlos. En este sentido no podemos dejar de reconocer que la ejemplaridad es una respuesta y no un presupuesto. ¿Y qué hay de esto de predicar con el ejemplo?, ¿o cuando Jesús dijo “haced lo que os dicen pero no lo que hacen”?

         Lo primero que tenemos que dejar claro es que el amor de Dios no está condicionado por nuestra conducta. Nuestra actitud nos abre al Dios que viene a nuestra vida, o por el contrario podemos no aceptarlo, pero él siempre está dispuesto a llenarnos de su gracia y de su vida si lo acogemos y si nos convertimos. Esto es así, justamente por eso, porque nos ama siempre.

         Por otra parte una reflexión de tipo práctico, si esperamos a ser verdaderamente ejemplares según el criterio evangélico de las bienaventuranzas ¿Podríamos cumplir nuestra vocación a predicar la buena noticia de la salvación alguna vez? O ¿es que acaso un padre, un hermano o un amigo han de esperarse a ser perfectos para dar una buena recomendación a un amigo? Obviamente no.

         En realidad estamos vacacionados a compartir el Dios de la vida que esperamos, del que hemos venido a la vida y que nos mueve a vivir el Día a día. Este Dios que cuando lo vivimos descubrimos que nuestra felicidad está en amar a su creación, a sus hijos y por tanto a nuestros hermanos. Por eso predicándolo a él lo aceptamos, aceptándolo crecemos y creciendo servimos a los demás y construimos una humanidad mejor. Se trata pues de estilo, no estamos llamados a ser maestros que enseñan en verticalidad sino hermanos que comparten su deseo y experiencia de Dios en horizontalidad.

         Que el Señor nos ayude a predicar su gracia, a compartir su palabra y crecer espiritual y humanamente como hijos suyos.

EL AMOR AL ENEMIGO

¿Se puede amar de verdad al enemigo? Parece que desde alguna visión de la teología moral se ha rebajado esta fuerza de la buena noticia del evangelio recordándonos que el amor perfecto es el amor reciproco de amistad. Esto se sostiene desde la misma relación de amor de las personas de Dios que se conforman como padre, hijo y Espíritu Santo y al mismo tiempo las une como un mismo Dios y Salvador. Pero Dios es amor y por tanto amor es perfección. Nuestro amor es limitado por nuestra parte, pero en sí es ilimitado y por eso nos podemos acoger al amor de Cristo el   Verbo de Dios para que llegue y ame donde nosotros no llegamos.

La clave para comprender el amor a aquel que no nos ama es que todos estamos llamados a la única vida eterna y resucitada, la de Dios. Ese llamamiento y vocación es conjunta como humanidad y personal e intransferible a cada uno como sus hijos amados. Realmente Dios ya cuenta con nuestra falta de capacidad para ser buenos hermanos, sólo por nosotros mismos,  veamos pues el Génesis a Caín y Abel. También podemos ver el ejemplo en el mismo trato que le dispensó el pueblo de Jesucristo. Sin embargo saber que mi felicidad y mi resurrección implican las de todos, quiere decir que nuestra vocación a colaborar con el reino de Dios también nos implica a todos. Es el mismo creador, el mismo reino y el mismo que nos convoca a todos a colaborar con él en cada momento.

Según todo lo dicho entre Cristianos podrá haber distancias provisionales, podrá haber los límites necesarios de las normas de convivencia, pero no cabe instalarse en el odio y en el rencor. Cuando hablo de instalarse no quiero decir vivir las emociones humanas propias de cada situación, sino que las mismas cuando suponen el mal de nadie no pueden convertirse en nuestra norma de conducta, ni vital. La vocación al reino de Dios nos descubre un amor que va más allá de nuestras emociones temporales, de los límites sociales y humanos, y esa vocación nos hermana y aúna.

Que el Señor del amor nos haga progresar en nuestra vocación a la fraternidad y a la unidad