Comentarios a la Palabra – Fr. Vicente

CREER PARA CONOCER

Para poder actuar en nuestro universo se nos hace preciso conocer lo mejor posible las condiciones en las que queremos realizar nuestras actuaciones, para ver si van a tener efecto. Unas son subjetivas, que son las favoritas en el mundo de la pos-verdad, hasta el punto de que torpemente algunos movimientos y líderes han reducido el conocimiento y la acción a las mismas. Esto no es nuevo, en la antigua Grecia ya pasó con los sofistas, al final tuvieron que cambiar estos planteamientos porque si no estaban condenados a la desaparición rápida frente a la realidad objetiva amenazante. Ciertamente debemos de aprender de este realismo porque por más que queramos hacer cuadros naif de la realidad y pintarla de color pastel está ahí. Por más que blanqueemos los sepulcros, la realidad es que seguirán siendo sepulcros. Ante esta actitud los ángeles de Dios nos hacen la misma pregunta: “¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”

Por eso el cristiano debe de partir de la realidad objetiva y, por supuesto, atender después a la subjetividad. Cuando partimos de la realidad, siempre vemos limitación y nos damos cuenta que necesitamos más, que nuestro deseo de vida y de felicidad no se puede colmar en este mundo. Es por eso que al Cristiano no le habría bastado una resurrección humana. Nos hace falta una Resurrección que suponga la ascensión a Dios, la Vida y la felicidad plena y de todos.

Así desde la realidad nos abrimos a la verdad que no es una cosa que podamos pesar y medir porque nos sobrepasa; pero sí la deseamos, sí la podemos esperar y sí podemos creer en ella. Es una verdad de vida, de libertad, de justicia y de amor que nos hace hermanos. Por eso para aproximarnos a Dios no sólo necesitábamos que el mismo Dios asumirera nuestra naturaleza, no bastaba que la hiciera perpetua. Para aproximarnos a Dios necesitamos que Dios llevara nuestra naturaleza y nuestra vida a él mismo que es plenitud de lo existente. Por eso  la necesidad de la ascensión.

Según lo que hemos dicho esta ascensión al cielo da una nueva perspectiva de todo, una nueva manera de conocer. Conocemos la limitación, pero sabemos que está encaminada a la plenitud. Conocemos que un día moriremos, pero sabemos por la fe que llegaremos a la vida feliz en Dios. Sabemos que hay problemas, errores entre nosotros; no debemos de tener miedo a reconocerlo y a ponerlos a la luz; corregirnos y corregir a los demás fraternalmente. Pero sabemos que la última palabra, la definitiva, la Verdad, es la de Cristo que ha ascendido al Padre y madre de todos y de todo.

Por esto te pedimos, oh Cristo, que nos des el Espíritu Santo, espíritu de vida  y verdad, para poder corregirnos, cambiar y llegar a ti que eres plenitud y felicidad.

RESUCITAR TAMBIÉN ES DENUNCIAR LA LÓGICA DE MUERTE

En la Iglesia ha surgido a veces la tentación de compadrear, aceptar o silenciar doctrinas humanas que preconizan una felicidad que, de alguna manera, se ha de arrebatar a los demás luchando por ella. Son doctrinas que nos ponen a unos contra otros y que no se interesan por la realidad. No les interesa la realidad porque lo real de nuestro mundo es inevitablemente limitado, y no lo pueden ni quieren aceptar. Estas doctrinas llevan a la frustración porque, por más que quieran esconder la limitación de la muerte, la enfermedad y la malicia como limitaciones físicas, psicológicas y morales, están ahí y salen a flote siempre como el aceite sobre el agua. Frente a estas doctrinas el Evangelio, refiriéndose a sí mismo, nos dice que: “El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce”.

El cristianismo nos lleva a aceptar la realidad para irla transformarlo en la medida de nuestras posibilidades. Esto lo podemos hacer porque sabemos que la verdad es Dios mismo, que acogió todo nuestro existir y nuestra naturaleza en Cristo. Porque sabemos que este Dios, que es la verdad, es padre de todos. Él nos hizo por amor a todos y es el feliz destino de todos cuando lo acogemos. Por eso sabemos, como Cristo nos dice en el Evangelio que nuestra felicidad va más allá del camino que es este mundo, nosotros nos preparamos para Él. Es Él quien hará un cielo nuevo y una tierra nueva a partir de nuestra capacidad de trasformar la creación y acogerlo a Él, verdad y vida del mundo. Cristo nos dice: “yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”. Ese Espíritu de verdad y de vida, el Espíritu Santo, nos capacita para acogerlo y dedicar nuestras fuerzas limitadas a preparar sus caminos y mejorar el mundo haciendo crecer la paz, la justicia y el amor.

El camino de verdad y de fraternidad no es el camino de la división en contrarios donde unos tienen que perder para que otros ganen. Simplemente es un camino distinto y no podemos dejar de decirlo para poder crecer en fraternidad, en Evangelio de vida y de felicidad. Por eso mismo no podemos callar frente a la injusticia, más si esta injusticia atenta contra la salud física o espiritual de las personas. El camino de Cristo es de fraternidad que se construye desde la realidad, el respeto y la libertad. Debemos de denunciar estos movimientos del mundo que pretenden el enfrentamiento, que no respetan la salud, la libertad y la justicia que son bases del Reino de Dios, Reino de Verdad y felicidad.

Pidámosle al Dios del amor que nos dé su Espíritu que nos hace hermanos, que nos hace caminar juntos hacia la verdad y la felicidad. Pidámosle que ese mismo Espíritu nos despierte y nos permita denunciar aquellas lógicas y acciones que nos dificultan caminar hacia su Reino de Paz de Justicia y de Amor.

MUESTRANOS AL PADRE PARA HACER TUS OBRAS

“En la casa de mi padre hay muchas moradas” uno de los problemas que se han dado en las comunidades cristianas desde los primeros momentos y que San Pablo ya ponía de manifiesto es la división por apropiación de la vivencia Cristiana.  Cristo adelantó el problema y dio la solución. En la casa del padre no hay una sola morada. Mi estilo de creer en Cristo, de vivirlo, de expresarlo no es exclusivo, es mi camino y mi morada dentro del mismo, pero “hay muchas moradas”. Hay muchos puntos de vista que nos pueden acercar la única verdad, a Jesucristo. La transmisión de las vivencias y experiencias de fe ayudan a que Dios me dé la conversión, pero es cada uno de nosotros el que la acoge, el desde su vivencia y realidad. Unas experiencias conectarán más conmigo y otras menos, pero no se puede, ni se debe imponer mi realidad predicamos a Cristo y Él es el camino la verdad y la vida. Por tanto si “Él es”, quiere decir que nosotros no lo somos y nuestra percepción, vivencia y predicación tampoco.

A la hora de expresar y proponer el Evangelio, no debemos, ni podemos olvidar la realidad en la que estamos llamados a vivirlo. Esa realidad, es diferente en cada uno, pero tiene muchos puntos de contacto, comunes. Cuando estudiamos y partimos esa realidad común nos abrimos a todos. También a cada uno cuando tratamos una cuestión particular de cada hermano.

Cuando predicamos a Cristo, no podemos imponer nuestra morada, hay muchas. No podemos erigirnos en maestros, porque sólo hay un maestro. Él es el camino, la verdad y la vida. Es el mismo Cristo quien da la conversión y su espíritu es el que hace a la persona acogerla. Ese Espíritu se puede servir de mil aspectos, pero es Espíritu, de amor y, por tanto, también de respeto y de justicia. Vivamos pues ese Espíritu para que así vivamos la conversión que ningún humano nos la puede dar: sólo Dios la da y sólo yo puedo acogerla. Prediquemos al Dios uno y trino y la buena noticia de salvación y no nuestro propio camino ético o humano.

Hoy te pedimos Jesús, nuestro salvador que ante esta situación de dificultad: Despiertes nuestras mentes y no nos alienemos de la realidad; nos ayudes a vivir en respeto y fraternidad; nos concedas perseverancia y audacia para pedir justicia como lo hizo la viuda del Evangelio a aquel juez que no le importaba ni Dios el prójimo.

TRANSMITIR AL RESUCITADO

         Podemos entender que sólo existe predicación cuando se hace una homilía pero la predicación es transmisión de la buena noticia de la resurrección de Cristo con toda nuestra vida. La cuestión es que transmitimos cuando nos relacionamos con los demás. Él evangelio nos muestra que cuando transmitimos contando y generalizando solamente lo que nos suscita a nosotros seguridad y bienestar al final estamos predicándonos a nosotros mismos. Lo que es peor estamos imponiendo nuestra realidad, por válida que sea para nosotros o los que concuerdan con nosotros a los demás y excluyéndoles. Esto lo podemos hacer de palabra, o con gestos y actitudes.

         En cambio, si predicamos al Crucificado que Dio la vida por todos y así nos abrió a todos a la resurrección predicamos para toda la humanidad llamada a la salvación: “mis ovejas me reconocen”. Esto supone también un esfuerzo de acercar esa buena noticia de la resurrección y la vida, a todos, y por lo tanto supone darse cuenta de la realidad y las distintas realidades para ser lo más amplio posible. Siempre nos tropezaremos con la limitación, pero la actitud se percibe, la actitud de abrirnos y expresarnos para todos y no sólo para “los míos”, “los de mi cuerda”. Para eso he de hacer el esfuerzo de darme cuenta y, de alguna manera, estudiar la realidad para posteriormente aceptarla tal cual es, aunque a veces sea dura o dolorosa. Sólo así la podremos transformar.

         Por último tenemos que darnos cuenta que la verdad a la que vamos dirigidos es a la de Cristo resucitado. La de Dios que nos atrae hacia él mismo por amor y porque él mismo es amor. No podemos caer en nuestras utopías particulares o compartidas por unos pocos y que casi siempre se construyen a costa de otros, o, peor aún, contra otros. Claro que la verdad la vamos aprendiendo entre todos y tiene infinitud de puntos de vista, pero debemos tender a ella, tenerla en nuestro horizonte. Esto supone apertura a lo que otros nos puedan enseñar.

         Sí cumplimos estos requisitos, buscamos y predicamos a Cristo, desde la realidad y en búsqueda de la verdad encontraremos la resistencia de aquellos que quieren imponer su punto de vista y su realidad. Sin embargo estaremos acercándonos y acercando a los demás a Cristo, el único que es “la puerta”, el único que nos abre a la plenitud y la felicidad, a su reino de paz de justicia y amor.

         Que el Dios de la vida, el Dios de Jesucristo nos ayude a expresar con nuestra vida, nuestras actitudes y palabras al Resucitado, al que nos resucita.

VOLVAMOS A JERUSALÉN

         Una del as tentaciones que podemos tener como humanos y, por tanto seres limitados, es que para huir del dolor huyamos de nuestra responsabilidad, como cristianos, como hijos de Dios y como personas. Esta huida del dolor y de la responsabilidad supone  también huir del lugar en que se ha producido, cruzar la calle para evitarnos tropezarnos con los problemas. Al final, esta vía nos lleva a huir del crucificado y de la comunidad creyente y comprometida con la resurrección de ese mismo Cristo resucitado y que es la salvación y la vida del mundo. Esa experiencia de temor y dolor estaban viviendo los discípulos de Emaús antes de reconocer a Cristo en la fracción del pan.

         Esos caminos de huida pueden ser los que nos hacen desistir de la verdad de la felicidad compartida a la que estamos llamados, un “sálvese quien pueda”. También estos caminos de no afrontar la verdad de la resurrección de Cristo y nuestra vocación a la plenitud nos pueden llevar a la evasión para no afrontar la cruz de la injusticia, y nuestras limitaciones. En ningún caso estos caminos nos serán útiles. Si somos capaces de encontrarnos con Cristo, con el Dios de la resurrección y de la plenitud de vida que sale a nuestro encuentro, nos daremos cuenta de que estos caminos no tienen sentido. Primero porque no podemos vencer por nosotros mismos la limitación de la muerte y la caducidad del universo tal y como lo conocemos; y segundo, porque solo desde la aceptación de la realidad, por dura que sea somos capaces de crecer y de abrirnos desde la misma a un Dios que es la verdad y que nos libera y nos lleva a la felicidad.

         Si somos capaces de reconocer y vivir al Cristo de la esperanza, de la salvación y de la felicidad que está en nuestra realidad, con sus durezas, injusticias y cruces, tendremos que volver a Jerusalén, a la comunidad que manifiesta su fe. En esta situación, nuestra realidad no dejará de ser dura, pero será esperanzada; la esperanza del Reino de vida, de paz, justicia y amor de Dios. Entonces sí seremos capaces de colaborar con él, abriéndonos a la esperanza. Pero también colaborar denunciando y ayudando a corregir lo que no funciona en nuestra vida, comunidad, sociedad y humanidad desde la paz, la justicia y la caridad. En realidad cuando nos encontramos con Cristo resucitado no podemos renunciar a ninguna de ellas. Él nos mueve a fortalecernos y fortalecer los corazones; pero también a denunciar las injusticias y señalar caminos más justos, más eficientes, más humanos, en definitiva más del Dios.

         Que el Padre que nos ama infinitamente nos dé en esta situación en que vivimos: esperanza para fortalecer los corazones vacilantes, consuelo en nuestros duelos, compasión con los de los demás, y audacia para denunciar los errores e injusticias y mejorar todo lo que esté de nuestra mano.

LA SOLIDARIDAD DEL RESUCITADO

En una situación de dificultad es normal preguntarse: ¿dónde está Dios? Así lo hicieron los discípulos, y previamente el pueblo de Israel y todas las generaciones en el momento de la dificultad. Mucho es lo que se ha escrito sobre el silencio de Dios ante el dolor humano.

Pero más allá de respuestas más complicadas podemos decir que Dios no calla ante el dolor y la necesidad de la gente. Es cierto que Dios no es un solucionador de la limitación del universo que en traducción práctica son catástrofes y calamidades. Tampoco lo es un “súper-poder” que contrarreste la limitación humana, es decir impotencia. Mucho menos es un psicofármaco prodigioso que nos cure de nuestra limitación ética. Sin embargo Él nos atrae y nos lleva hacia sí mismo, más allá del mundo del espacio y del tiempo; y Él es vida, felicidad y fraternidad ilimitada. La última palabra no la tiene la limitación, ni las calamidades, ni la muerte, ni el dolor ni el pecado. La última palabra la tiene Jesucristo que venciendo a la muerte ha hecho la ecología de la creación y humana un sistema abierto a él; es decir, in sistema abierto a la ilimitación y a la felicidad.

         Pero alguien puede decir: Y mientras ¿qué?, ¿Dios calla?; ¿Qué puede sostener nuestra fe en lo que va a ocurrir más allá del espacio y del tiempo, es decir de toda nuestra capacidad de conocer, razonar, sentir? La respuesta la encontramos de boca de San Gregorio Nacianceno cuando nos argumenta que todo tenía que ser asumido por él para que todo fuera redimido. El resucitado, padeció, murió. Asumió la limitación humana, de comprensión, de justicia, de misericordia, y la limitación natural: la muerte y una muerte de Cruz. La solidaridad del que nos trae la resurrección abre a la esperanza nuestros momentos de sufrimiento por la calamidad, la limitación y el pecado. Todo eso lo asumió Cristo, y lo ha llevado a la resurrección.

         Por este motivo hoy tenemos la palabra definitiva de Dios, es una palabra de vida, sí. Pero también es una palabra de solidaridad y por eso es una palabra de esperanza. Lo definitivo no son, pandemias o injusticias. Lo decisivo es el Dios de la vida, el Dios del amor el Dios de la resurrección, tengámoslo muy presente hermanos. Incluso la última palabra no es nuestra falta de coraje o de humor en un momento dado. Él sale a nuestro encuentro si lo invocamos y nos enseña las manos y el costado de sus dolores para que veamos que él los entiende y se solidariza con nosotros.

         Que el Señor de la vida nos de esperanza, consuelo y fortaleza para crecer como personas y como sociedad en la situación actual hasta llegar a la plenitud de la vida que es Él.

NUESTRA VIDA ESTÁ CON CRISTO

¿Es posible hablar que Cristo ha resucitado en un momento traumático para nuestra vida o nuestra sociedad? Hace poco tiempo me comentaba un amigo que no tratamos los problemas de la misma manera cuando nos afectan a nosotros, que cuando sufren enfermedades, hambre o dolor otras sociedades y otros entornos; y es cierto. Por este motivo es importante aprovechara para crecer en comprensión de la problemática, del dolor para acercarnos a los demás que también lo padecen. Para tratar de buscar soluciones que lo minimicen, no sólo a nosotros sino a todos; ya que la felicidad es única para todos y todos nos necesitamos.

Hablar de felicidad es hablar de la palabra cristiana que se empleaba de aquellos mártires que se los comían las fieras, pero que habían llegado a la vida en Dios, a la resurrección. Esa es la felicidad a la que aspiramos y no hay otra que sea plena. Ciertamente en este mundo podemos crecer, mejorar pero no la podemos conseguir plenamente. Deseamos una felicidad infinita e ilimitada y vivimos en el universo de lo finito y limitado. Todos estamos en camino y eso nos abre a la esperanza y a la colaboración. Hablar de amor sin esa esperanza es tergiversarlo, porque el amor es desear y procurar el bien, y el bien de las personas es Dios mismo. Es el Dios, misterio de amor que trasciende nuestro mundo, quien nos da la felicidad plena e infinita, la resurrección. Por eso si vemos nuestras capacidades, por nosotros mismos, veremos ante la dificultad, el dolor y el trauma un sepulcro vacío. Si nos damos cuenta que la felicidad que anhelamos va más allá de esta tierra y este cielo seremos capaces de tener fe en su resurrección y decir con Pablo “nuestra vida está con Cristo escondida en Dios”.

Esta es la esperanza y la fe que nos permite vivir el amor. Esta es la esperanza que Cristo ha cumplido. Por eso nuestra fe en la resurrección de Cristo es la que nos da lo que ahora llaman los psicólogos la “resiliencia”: Capacidad de superar un trauma y las dificultades adversas que tanta falta nos hace en estos momentos. El cristiano sabe que lo mejor siempre está por venir, porque es la resurrección que nos ha conseguido Cristo. A demás sabe que no depende de sus fuerzas sino del amor de Dios del cual nadie nos puede apartar.

Por eso esa resurrección no la podemos comprar con méritos nuestros. Nos la da Cristo para todos, y a todos nos lleva al mismo Dios de la Vida y la felicidad. Esta gratuidad y unicidad son muy importantes. Porque nos ayudan a discernir y no disfrazar de fraternidad o servicio lo que es pura conveniencia, utilidad o trueque.

         También esta gratuidad del amor que nos salva a todos nos lleva a superar esas falsas divisiones que hacemos torpemente: buenos y malos, de una manera de pensar o de otra, con unas cualidades o sin ellas. La felicidad nunca se consigue de unos contra otros, la felicidad nos la da Dios a todos. Esta esperanza de la resurrección es la que nos une y nos activa para abrirnos, no solo como individuos, sino como humanidad a ella.

         Prendámosle al Dios de la Vida y de la Resurrección que active nuestra fe y esperanza para que nos abramos a él que es el verdadero amor que nos une y nos lleva a la plenitud de vida.

Aclamemos al Dios de la Vida

Aclamemos al Dios que es de la vida,

mas que no sea por temor al momento,

ni para solucionar nuestro entuerto,

ni por restañar mi humana herida.

Aclamemos a Cristo en su venida,

que no sea solo con el intelecto,

no suene a bullicio y huir del desierto,

ni nostalgia, rutina o voz perdida.

Recibamos al Dios de la plenitud,

al que nos salva de la inexistencia,

el que nos conduce a su infinitud.

Cristo de eterno amor y paciencia

amas en vida y en cruz de ingratitud,

únenos y mueve nuestra conciencia.

EL SEÑOR DE LA RESURRECCIÓN

Esperamos de Dios que nos de la vida que ¿Pero qué vida? Porque cuando tenemos la vida hablamos de la “calidad de vida”. En realidad esperamos una vida feliz y plena. Algo que no somos capaces por nosotros mismos de alcanzar del todo. No somos capaces de crear de la nada, como hizo Dios; pero, sobre todo, no somos capaces de alcanzar la plenitud que anhelamos libres de toda limitación. En definitiva, como afirma Pablo “El espíritu del que resucitó a Jesús mora en nosotros”.  Es el espíritu de Dios, el Espíritu Santo, el que nos da el anhelo de la vida eterna y plena que en realidad es la vida en Dios, el único ser verdaderamente eterno y pleno. Es ese mismo Espíritu de Dios que mora en todos y cada uno de nosotros, el que nos mueve a buscar la vida eterna. También el Espíritu es el que nos mueve y capacita a aceptar a aquel Verbo de Dios que viene a nosotros y nos lleva hacia Él, que es la plenitud de la vida. Es este mismo Espíritu de Dios el que nos hace reconocer con María, la hermana de Lázaro: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

No podemos acercarnos a lo infinito y lo eterno, sí el primero no se rebela, viene hacia nosotros y nos hace capaces. Esto es lo que hizo Cristo asumiendo toda nuestra vida excepto el pecado y llevándola a Dios que es la resurrección y la felicidad de todos, y al cual nos encaminamos todos. Por este motivo estas escenas de compasión, la de Cristo y la de Marta que pide la resurrección de su hermano. El Dios que mora en todos nos salva como humanidad dándonos la fraternidad, nos une en el camino hacia la felicidad y la plenitud de la vida.

La cuestión es ¿Nos damos cuenta?, si lo hacemos relativizaremos muchas ansias que no son las de la plenitud de la vida que es Dios. Si somos conscientes de que nuestra felicidad va más allá de este mundo limitado, seremos capaces de valorar en su justa medida estas cosas pasajeras, agradables y sobre todo las dificultades. Esto nos hará fuertes ante la adversidad, humanos y fraternos con los demás y nos abriremos al verbo de Dios que nos lleva a la verdadera felicidad a la resurrección. A esto es a lo que se refiere Pablo cuando dice que “no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu”. Por eso Marta por compasión rogó con fe a Cristo, el Verbo de Dios por su hermano con la fe de que él es la resurrección y la vida.

Hagámoslo nosotros también, porque de Cristo, el hijo de Dios, es la victoria y Él es nuestra victoria; porque Él es la resurrección y nos lleva a la vida feliz que anhelamos. Nadie ni nada nos puede apartar del amor de Dios, creamos en Él.

CRISTO DA LA FE SALUDABLE

Este evangelio nos presenta al mismo Cristo, que por miedo de su creación, su propia obra creada por él, el verbo de Dios da vista y la luz de la verdad al ciego. Cuando él abre los ojos a la realidad, es capaz de reconocer su realidad limitada pero salvada por Jesús y destinada a la vida acepta su salvación y la proclama sin miedo. Tenemos que acercarnos a él desde nuestra realidad concreta, y encontrarnos con él en la tierra que pisamos y el agua que bebemos para que nos de la mirada de fe.

Por eso aunque nuestra realidad sea dura, como actualmente lo es, estamos llamados a discernirlo en esa realidad dura. Discernirlo supone diferenciarlo de unas dinámicas, unas normas, unas leyes que son producto y bendicen la ceguera. No se puede edulcorar lo malo diciendo que lo ha enviado Dios como prueba o con no sé qué fin oculto. La realidad limitada, supone dolor para las personas, y Dios no lo quiere. Él en los momentos de dolor se hace solidario al hombre y lo tenemos que encontrar a nuestro lado, sufriendo con nosotros, compadeciéndose de nosotros.

Si lo hacemos así, desde la realidad y también desde la fe, seremos capaces de compadecernos de los demás. Seremos capaces de discernir la verdadera vocación de la humanidad y anunciarla de manera que llevemos la verdad de Cristo a muchas situaciones de ceguera de las personas. Así dándonos cuenta de la compasión de Dios con nosotros somos capaces de colaborar con él en su obra salvadora, vitalizadora y de felicidad para los demás.

Por eso es tan importante reconocernos pobres, reconocer la realidad, y lejos de la autosuficiencia caer en la cuenta de cómo necesitamos de la compasión y la salvación de Cristo. Para que así cuando discernimos que Cristo es compasivo con nosotros en nuestra realidad, nos acerquemos a él, y dejemos que nos abra los ojos de la fe a nuestra verdad. Una verdad que es de Salvación, de Vida y de felicidad, que va más allá de nuestra realidad limitada y muchas veces doliente. Una verdad que no está a nuestro alcance por nosotros mismos pero sí por la obra del Dios que nos lleva a él, realización de lo que somos y verdadera felicidad de nuestra Alma.

Que el Dios que nos ama y se hace solidario en nuestros dolores y limitaciones nos permita discernirlo, confiar en él y dejar que nos muestre la verdad de la liberación y de la plenitud de la vida.

EL AGUA DE LA VIDA Y LA RENOVACIÓN

Tanto el agua como el oxígeno que contiene son esenciales para la vida y la salud. De hecho cuando tenemos cualquier problema de salud, a menudo los médicos nos recomiendan de beber mucha agua. De hecho el agua tiene la capacidad de renovar, esto es, de hacernos capaces de expulsar todo lo que no nos sirve para nuestra vida o que la empeora. También el agua nos capacita para genera nuevas células vivas. Por tanto sabemos que el agua mejora nuestra calidad de vida.

Por otra parte, el agua de la humedad genera crisis de salud que a corto plazo perjudican nuestra vida. De hecho el agua es el medio por el cual se reproducen tantos agentes patógenos. A pesar de esto, estas crisis de salud terminan con una renovación del ciclo vital. Los niños suelen crecer mucho en los resfriados.

Por este motivo el agua es el signo que escogió Jesús para infundir su espíritu que nos lleva a la plenitud de la vida. Un espíritu que transforma la muerte, que por sí misma sería el fin de nuestra vida limitada, en una simple crisis. Es esta crisis de la muerte que se simboliza, también en el agua, y que supone el fin de la vida mortal y limitada, la que es, también, el principio de una vida plena, realizada y eterna.

         ¿Cuál es el secreto de este espíritu maravilloso? Es secreto es que él mismo forma parte de Dios, de hecho este espíritu es Dios, porque es la tercera persona de la trinidad. Por otra parte, como nos explica la doctrina del “Filioque”, es el mismo Cristo, el verdadero Dios y verdadero hombre, la segunda persona de la trinidad, quien provee al agua y a nosotros del espíritu de vida y verdad, el espíritu de Dios, el Espíritu Santo.

         Pidamos a Dios que nos dé a todos una mirada esperanzada de nuestra realidad limitada y sepamos discernir en una realidad que nos lleva a la crisis una oportunidad de crecer como humanidad, de renovarnos y de llegar a la esperanza de la Vida con mayúsculas.

NUESTRA META ES LA RESURRECCIÓN

Algunos han intentado acercarse al cristianismo partiendo de la base de una moral del deber. Esto, en realidad, no es posible porque nosotros creemos que Jesús es la verdad y la vida. Por eso consideramos que es la via para llegar a Dios, es decir, al bien y al amor; por tanto, la vía para llegar a la verdad es el mismo Dios hecho uno de nosotros, Jesús el Cristo. Esto implica que el objetivo de nuestra vida sea la felicidad y no el cumplimiento de un deber o la perfección técnica. Por este motivo la moral que más se adapta al cristianismo es la moral eudemonista, de buscar la verdadera y plena felicidad, y no la deontologista, de cumplimiento del deber.

Por otra parte, esto significa que nuestro objetivo no puede permanecer ajeno a nuestro caminar en la vida. Dios permanece con nosotros toda nuestra vista y podemos y debemos ser conscientes de la presencia de la salvación y la felicidad en nuestro caminar por el camino de la vida justamente para llegar a nuestra felicidad que es Él mismo.

Por este motivo la transfiguración es un elemento necesario en el plano de la salvación de Dios a través de sus hijos, y de la creación. Debemos hacer presente nuestro objetivo del reino de felicidad y de vida en nuestro caminar por la vida para que podamos conseguirlo. Este objetivo del Reino de Dios hecho presente en nuestra vida, si bien parcialmente, es una fuente de energía y de esperanza que nos permite el caminar hacia Dios, seguir a Cristo, y transformar nuestra vida en una vida creciente hasta llegar a la plena realización.

Por este motivo  tenemos necesidad de que Cristo nos mostrase en la vida mortal (la que vivimos sometidos al espacio y al tiempo) la presencia de la “vida gloriosa” (la vida realizada en Cristo). Así, ningún Cristiano puede decir que nuestra vida y nuestro objetivo debe de ser la cruz, sino el Reino de Dios, es decir la felicidad plena y verdadera. Solamente, siendo conscientes de este hecho, y teniendo en nuestras mentes y corazones este reino de felicidad que es el Reino de Dios seremos capaces de superar la dificultad, también los hechos crueles e injustos como lo fue la cruz.  Por esto la transfiguración forma parte inseparable y fundamental del plan de salvación de Dios para la humanidad cumplido por Cristo.

Que el Dios de Jesús nos muestra nuestra meta, la felicidad, para que seamos capaces de vivir y construir su reino en nuestra vida.

NO SOMOS DIOS PERO PODEMOS CONTAR CON SU AYUDA

Cuando Dios se hizo uno de nosotros renunció a ser ilimitado y vivió las tentaciones que son producto de la propia limiatación. Esto no fue solamente un elemento pedagógico, sino que también de coherencia con aquello que hacía. No se podía encarnar y ejercer su omnipotencia al mismo tiempo. Él continuaba siendo Dios, pero la encarnación, debía de ser absoluta, por ello debía aceptar la limitación excepto en una cosa, en el pecado. Entonces debemos ser conscientes que el pecado es la opción voluntaria por la destrucción y el mal, por tanto no toda limitación es el pecado. Esto implica que la tentación, es decir las ganas o la inclinación de hacer esta opción errática no es en sí un pecado, si, de hecho no se llega a hacer esta opción de manera libre, consciente y voluntaria. Por este motivo Cristo, efectivamente, fue tentado de prescindir o usar a las otras personas de la divinidad para conseguir su propio fin.

         Como Cristo, nosotros, hermanos, estamos llamados a asumir nuestra propia limitación. De hecho lo contrario sería una tontería y también un pecado de soberbia, es decir, de creernos ilimitados como Dios, y por tanto, sin tener necesidad de su acción salvadora.

         Verdaderamente he hecho bien en hablar de tontería porque la razón, y los  sentidos guiados por la razón, y también el sentido común nos llevan a no negar la evidencia: No somos eternos, no somos ilimitados, necesitamos la salvación que nos da Dios. Si conseguimos dar este primer paso hacia la verdadera sabiduría; El segundo será darnos cuenta que tenemos necesidad de un Dios que tenga capacidad de empatizar verdaderamente con nosotros. Solamente el Dios que se hizo uno de nosotros, también en la limitación y por tanto en la tentación, tiene capacidad de llevar todas nuestras potencialidades a la plenitud que es el encuentro con Dios y la vida plena junto a él.

         Sigamos al Dios de Jesús el Cristo que nos lleva a cooperar con él con todas nuestras potencialidades, pero que nos lleva, también, a tener confianza en que él es la verdadera realización de nuestra vida.

NO ES UNA CUESTIÓN DE EXIGENCIA, SINO DE DIGNIDAD

Muchas veces se ha presentado este evangelio desde un punto de vista de la exigencia olvidando que el evangelio no es una super-ley moral. Verdaderamente, evangelio significa buena noticia en griego y no una prohibición o unas cargas difíciles de cumplir como si fuesen cánones para medir las acciones y alejarse de la posibilidad de la salvación.

En este caso, la buena noticia es la radical dignidad del ser humano que no es algo relativo sino absoluta, cómo imagen de Dios y ser llamado a la plenitud junto a Dios. Según esta concepción y buena noticia, la salvación que nos da Dios implica la superación de todo aquello que es contrario a esta dignidad de personas. En realidad, las relaciones en el Reino de Dios serán absolutamente coherentes con nuestra dignidad, que no implica sólo un respeto frío y aséptico, sino también una verdadera fraternidad y caridad entre toda la humanidad llamada a ser un solo cuerpo en Cristo, un solo pueblo, una sola familia.

Por otra parte, debemos prestar atención porque la teología  usa la palabra “comunión”. La fraternidad evangélica es radical, pero en ningún caso implica la disolución de la persona, de su personalidad, ni tampoco de su individualidad en un todo camún. Esto es una gran diferencia entre el Reino de Dios, al cual debe aspirar nuestra comunidad y las utopías sociales autoritarias y absolutas de uno u otro lado político

Cuando contemplaos esta dignidad radical de hijos de Dios nos damos cuenta de que nuestra comunidad y relaciones interpersonales distan mucho de ser así. Entonces, ¡bienvenidos al mundo de la vida cotidiana! Si este mundo fuese el reino de Dios, ¿Para qué esperar un más allá?, por otra parte, si este mundo fuera perfecto, sin ninguna necesidad de intervención de Dios, seguramente sería porque nosotros mismos seríamos Dios. Obviamente esto no es así, porque, entre otras limitaciones, en este mundo tenemos la muerte y la desaparición de las condiciones de habitabilidad del mundo y del universo donde vivimos. Sin embargo, el hecho de que nuestra dignidad la tenemos por una acción de Dios que no está terminada ya que no se trata de un Dios creador, sino también salvador, no significa que no debamos de hacer nuestra parte, cooperando con él..

Hermanos, nuestra vocación es una verdadera fraternidad y caridad de toda la humanidad, es decir de todos los hijos de Dios. Que el buen Dios nos ayude a crear relaciones cada vez más coherentes con nuestra naturaleza, dignidad y vocación a la fraternidad y a la felicidad.

AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS

Cuando llegué a la vida religiosa recuerdo a un viejo Fraile que nos recordaba muy frecuentemente la frase de San Agustín “Ama y haz lo que quieras”. Especialmente le gustaba recordármela a mí para que entendiera que el Derecho no era lo fundamental en la fe y en la religión. Yo, a menudo le respondí que siendo esto cierto, no es posible que una persona ame y no haga el bien a la otra. También añadía que si una persona ama no se puede entender que no respete los acuerdos que a los que se ha llegado. Esto último porque el verdadero amor deja libre a los demás, también cuando uno está convencido que la elección hecha por el otro está equivocada.

Hoy sostengo lo mismo al respecto. No obstante, esta afirmación de San Agustín es, ciertamente, una gran verdad y guía en nuestro itinerario de fe. Por esto, paso a explicar algunas cosas de esta importancia:

Dicen algunos analistas de historia dicen que cuando el emperador Constantino hizo el Decreto por el cual hacía del Cristianismo la religión oficial del imperio no lo hizo tanto por devoción, como porque los mejores profesionales del imperio eran Cristianos. Pienso, quizás, que fuese posible porque verdaderamente la caridad hacia los otros y la vocación de servicio bien entendida de estos primeros cristianos era la mejor vía para llegar a la excelencia profesional. No obstante, se debe hacer una diferencia absoluta entre una y otra. Cristo no vino al mundo para hacer buenos profesionales bajo el mandato de una cabeza pensante (fuese el emperador o cualquier otro sujeto en otra sociedad). Cristo tampoco vino al mundo para hacernos rectos observadores de una ley mucho más exigente respecto a las leyes jurídicas y los deberes morales.

Cristo vino al mundo por amor, porque Dios amó y ama su obra y la quiere perfeccionar hasta llegar a la plenitud que es nuestra verdadera felicidad. Por este motivo Dios nos hace sus cooperadores para trasmitir su amor. Esto significa predicar esta buena noticia del amor de Dios para que el mundo tenga verdadera esperanza y así viva en esta esperanza de plenitud y de alegría. Pero también significa transmitir este amor por medio de nuestras relaciones humanas y, por tanto, por medio de nuestras obras de solidaridad, de misericordia y de fraternidad. Pero no hacerlo dejándose transportar un sentimiento de lástima o por un deber de revolver lo que nos ha dado un estado, la sociedad, el planeta o el mundo. Cristo nos lleva a transmitir su caridad porque, por nuestra fe y esperanza vivimos el amor.

Hermanos, que Dios nos haga superar normativismos y nos lleve a vivir en el amor y crecer como personas en nuestro servicio a la humanidad.

ESPÍRITU DE AMOR Y DE VIDA

Muchas veces se ha confundido entre el espíritu de las bienaventuranzas y una ley mucho más exigente que la de Moisés. En este sentido entre nosotros han existido, en ocasiones formalismos exagerados. Aquí no se trata de formalísimos, tampoco de aquello que el Papa ha llamado comunidades muertas (es decir faltas de aquella luz y sal que son la alegría de la buena noticia del evangelio). La buena noticia del evangelio, que da vida a la Iglesia implica el querer el bien de los demás y buscar la verdad con sinceridad para amar de verdad a los demás. Por tanto, el espíritu de las bienaventuranzas implica la capacidad de amar y de hacer crecer el amor también en contextos de inhumanidad y por tanto que no son propicios para amar y servir a los demás.

No hay nada más lejano al Cristianismos que los perfeccinismos. El perfeccionismo implica poner primero las perfecciones técnicas y posteriormente a las personas. Por otra parte en los casos en los que se habla sinceramente de perfeccionismos para mejorar y ser útiles a los demás, esto supone una reducción del bien de las personas a un aspecto determinado de la verdad de las personas. Esta reducción no resulta ni justa, ni conforme a la verdad de las personas que es siempre compleja y complexiva.  Por esto Pablo deja bien claro que la sabiduría del evangelio no es un conocimiento técnico. Él sabía bien que ni el aspecto intelectual, ni el técnico, ni ningún otro aspecto concreto se pueden confundir con las personas en sí y su bien. Amar implica buscar este bien que une la propia satisfacción de la vocación a la felicidad con la de los otros. Amar implica, también, unir el servicio en un aspecto concreto con el bien personal y con el bien general entendido de manera completa

Por una parte debemos de reconocer que buscar el bien y amar es buscar a Dios en nuestras relaciones con los demás. Él es el bien de toda su creación: el mío, el del prójimo, el de la humanidad y el de la creación. Buscare el bien implica buscar el plan de salvación, es decir la vocación de cada persona y de toda la creación que es verdaderamente vocación a la felicidad en cada circunstancia concreta. Por este motivo, las circunstancias y los elementos que encontramos son importantes porque en los mismos estamos llamados a buscar la felicidad, el bien que es Dios mismo. Por este motivo querer conocer estas circunstancias para para hacernos posible el discernir que implica el plan de salvación, no es una erudicción perfeccionista como la que nos hemos referido, sino una intelectualidad técnica o humanística al servicio del bien y de la felicidad. Por este motivo  debemos distinguir los medios para hacer el bien respecto del fin, es decir distinción de los medios res pecto del fin (es decir Dios y el bien de las personas). Ni el formalismo normativista, ni una transgresión estúpida y negacionista de la realidad nos llevan a la bienaventuranza, es decir, a la felicidad. En cambio la vía del amor que implica una contemplación intelectual y espiritual, así como un servicio hecho desde un punto de partida de buscar el bien, edifican el Reino de vida y de felicidad que es el Reino de Dios.

Que el Buen Dios nos conceda la conversión para purificar nuestras intenciones, guiar rectamente nuestras conciencias y acciones y hacer crecer su Reino de amor y de justicia.

CRISTO, LA VERDAD QUE ILUMINA EL MUNDO

En el canto de Simeón se nos muestra como al ver al niño Jesús se alegra enormemente porque ha encontrado el sentido de su vida, comprobar la salvación de la humanidad, de su pueblo y de él mismo. Por tanto se le había mostrado la verdad de su vida y de la humanidad y es una verdad de liberación y de vida. Como en aquel entonces, muchos movimientos en nuestra sociedad nos pretenden hacer creer que es mucho mejor que no exista una verdad. Se nos dice que la verdad es contraria a la posibilidad de la diversidad, a nuestra libertad, e incluso a nuestra realización y felicidad. Justo al contrario de cómo son las cosas, y justo la manera de hacernos manipulables para los intereses de unos pocos.

Cristo es la verdad de la vida de cada uno de nosotros, existen por tanto infinitos punto de vista de la verdad, tantos como personas y situaciones. Sin embargo confluyen en él Señor de la historia que abre nuestras vidas y toda la creación a un futuro que no es la destrucción, sino la plenitud de la vida y la felicidad. Por eso la felicidad no es mis sueños en cada momento, sino lo que Dios ha pensado para mí, y estoy llamado a descubrirlo y llevarlo a término por mí mismo con ayuda a los demás. Así puedo dar sentido a todo lo que soy, lo mismo que me limita me da unas oportunidades imprescindibles para mi realización y para la de toda la humanidad. En muchos países que nos llamamos desarrollados hablamos de “educación para la diversdiad”, acto seguido añadimos las palabras “trastorno de”. Pues bien comienza a comprobarse que el efecto del estigma social, especialmente en la infancia y adolescencia, es casi tan perjudicial o más que lo mismo que se llama trastorno. Así en otros países con otros valores educativos donde se consigue combinar la atención específica con la normalización en el trato se evitan estos estigmas y las personas rinden mucho más. Estas características de la persona, suponen limitaciones, pero también otras grandes oportunidades de realización personal y de trabajar por mejorar la humanidad y convertirla, cada vez más, en el Reino de Dios. La Verdad nos hace aceptar la realidad, integrarla y hacerla aliada de nuestra felicidad, en vez de estar luchando contra ella o negándola sin solución.

La Verdad de Cristo supone que la limitación, la muerte, el mal no tienen la última palabra, ni sobre nuestras vidas ni sobre la humanidad. Nos libera de predestinaciones, de verdades que nos imponen y sobre todo de no tener motivos para la esperanza. Por eso nos permite dar sentido a todo el bien que somos capaces de hacer con nuestra vida, que está llamada a La Vida, plena y feliz. A demás nos abre, guía y compromete a todos a la misma Vida plena y Feliz que es la verdad de todos y la de cada uno. Por tanto por lo tanto lejos de someternos nos hermana, posibilita y da pleno sentido a la fraternidad y la solidaridad.

Hermanos, que no nos engañen, optemos por La Verdad, por Cristo que nos da la libertad, la realización, la plenitud de vida, como personas y como humanidad.

SÍ ES POSIBLE LA CONVERSIÓN


Desde el principio Cristo se acerca a los que están más lejos de su movimiento y de la religión de Israel, y les demuestra el amor de Dios y la llamada a su reino haciéndoles el bien y devolviéndoles la salud. Con ello nos deja ver como la labor misional está en el centro de la buena noticia de la salvación y del amor de Dios. También demuestra como la conversión a Dios siempre es eficaz, su evangelio nos da una nueva perspectiva de vida, nos hace ver como el camino de la felicidad es también el de la fraternidad y el del bien. Por eso la gran luz del evangelio había sido ya profetizada por Isaías par la “galilea de los paganos”.

Que la Iglesia debe de ser una Iglesia en salida y que la misión es gran parte de la comunión es desde su constitución. Además lo hace cuando Juan había sido aprisionado y por lo tanto en los peores momentos. En los momentos de persecución y repliegue, esta debe ser nuestra respuesta ante momentos de oscuridad ante la evangelización explícita y la comunión de fe. La extensión del reino de Dios hace que nuestras vidas tengan una fecundidad y un sentido que son especialmente importante en los momentos de dificultad, de sequedad de los sentidos o de dificultad.

No nos preocupemos demasiado por la oscuridad de los tiempos que vivimos. Ante los mismos llevemos la luz del evangelio más que la misma crítica a la oscuridad. Hagámoslo llevando el bien, la salud que requieren aquellos alejados y cuya necesidad se hace evidente. Es a partir de estas pequeñas esperanzas como se hace presente la necesidad de una gran esperanza, la del Reino de Dios.

También este evangelio nos habla a nosotros, sabemos que siempre hay zonas oscuras, por evangelizar en nuestra vida. Estas zonas pueden ser especialmente preocupantes y dolorosas en algunos momentos de nuestras vidas. No perdamos la esperanza “Una gran luz se hizo en el pueblo que vivía en las tinieblas”. Esta gran luz puede que no llegue a disipar las tinieblas por ahora, pero es un foco que nos muestra la salida del túnel de oscuridad. Nos muestra el Reino de Dios al cual están vocacionadas nuestras vidas para confluir en un mar de felicidad y realización que es él mismo. 

Es cierto que nuestras vidas en sí no son tinieblas, sino algo maravilloso. Sin embargo en ocasiones hacemos nosotros mismos, de nuestras vidas o de las de los demás un valle de lágrimas y tinieblas. También los demás lo hacen  con nosotros. El evangelio nos ayuda a dispar estas dificultades; pero sobre todo nos ayuda porque sabemos bien que no tienen la última palabra, sino que esta última palabra la tiene el Dios que es amor y eternidad. Por eso es tan importante que la extendamos a aquellos que no la conocen. Por esto también es tan sanadora  para nosotros esta acción de predicación del evangelio. Dios nos llama a esto y haciéndolo estamos haciendo crecer su reino en nuestras vidas. Cuando este reino crece el efecto perjudicial de estas tinieblas sobre nuestras vidas mengua.

Pidámosle al Dios que nos ama que confiemos cada vez más en su palabra de vida, y la prediquemos con nuestras acciones y palabras sabiendo que esta es nuestra vocación y nuestra felicidad.

DIOS NOS TOMA EN SERIO

Muchas veces pensamos que la acción de Dios debe de ser como un milagro continuo que resuelve nuestros problemas. Buscamos un Dios – Hada Madrina, y cuando comprobamos que no es así dudamos de Dios.

Verdaderamente esta desilusión nos sucede porque no tenemos un concepto recto de la manera de actuar de Dios. Él ha creado un mundo limitado, no perfecto; si fuese perfecto sería lo mismo el creador que la creación. Tenemos vocación a la perfección pero no tenemos medios para conseguirla en este mundo. No podemos obtenerla, ni por nosotros mismos solamente, ni por una acción de Dios controlada por nosotros. Por otra parte, la plenitud del Reino de Dios no llegará en este mundo. Por este es necesario un más allá, para que todos nuestros esfuerzos por mejorar el mundo no estén avocados a la frustración, sino a la plenitud y al éxito. Sólo en este último caso podemos decir que estos esfuerzos tienen sentido, porque las cosas, las acciones, las sinergias y energías utilizadas tengan futuro y, por lo tanto, verdadero valor.

Los cristianos creemos en esta última opción, no pensamos que el bien sea algo fugaz, sino definitivo. Esta es la clave: Dios ha hecho un mundo limitado con unas leyes y dinámicas de funcionamiento. Él ha hecho estas leyes que limitan nuestras posibilidades y no nos dan la opción de romperlas continuamente con milagros. Pero Él nos toma muy enserio para mejorar el mundo y transformarlo en su Reino hasta que llegará a la plenitud

Esto lo ha hecho dándonos su espíritu de vida y de verdad llamadas a la plenitud. No lo ha dado en la creación, así lo hizo con su aliento en el barro con el cual hizo a Adán y Eva. Lo hizo, también, más allá de las consecuencias terribles de los desastres naturales: Una paloma con un ramo de olivo vino después del diluvio universal para indicar que había aún vida. Vino para guiar a Moises y dar libertad a los pueblos. Y vino con Jesús, en su bautismo, para mostrarnos nuestra vocación de hijos de Dios, vocacionados a predicar y a cumplir su plan de salvación y de felicidad. Después, en la Pascua, celebraremos que en su resurrección, Diosnos deja su espíritu que también nos da la vocación a la plenitud y la eternidad de nuestros ser de hijos de Dios.

Que el Espíritu que nos da Dios nos haga comprender que Él, y su gracia, construyen su reino de eternidad y plenitud con nuestras vidas limitadas.

BAUTISMO DEL SEÑOR


Muchos padres de la Iglesia, por una falta de profundización en el hecho se que Cristo se hizo totalmente humano excepto en el pecado, se preguntaban ¿para qué era necesario el bautismo del Señor? San Agustín hablaba de la visión beatífica, como una conciencia Innata de Cristo de ser Dios y, en consecuencia, hablaba sólo de una función pedagógica de su bautismo. Siendo cierta, y muy importante, esta razón, por sí sola, sería muy pobre en comparación con la magnitud del plan de salvación de Dios para la humanidad.


La teología actual habla de dos grandes motivos del bautismo de Cristo en el plan de salvaciónPor una parte, Cristo se hizo absolutamente humano y, por tanto,  no era posible que un niño pequeño reconociera su vocación y su naturaleza y misión. Como todos los humanos debía tomar conciencia de su naturaleza, vocación y misión en la vida. En el bautismo celebramos y coactuamos con Dios la vocación de cada hijo de Dios y miembro de la Iglesia que llega a una firmeza especial por medio de la confirmación. Ambos, bautismo y confirmación junto con la eucaristía son los sacramentos de la iniciación cristiana. Cristo, adquiere esta firmeza vocacional en el bautismo, en el cual la comunidad colabora con Dios a crear esta vocación como hijo de Dios. Así, Cristo como humano, siendo Dios requería de esta intervención humana de abrirse y colaborar con la gracia y el Espíritu Santo para tomar conciencia de su naturaleza doble, humana y Divina, su misión de Mesías-Salvador y, también, de su vocación al Reino de Dios.Por otra parte, Cristo se bautizó porque, así, Él realizó en un acto sacramental con el agua su vocación y misión que son el plan de salvación de la humanidad. Esto implica, también, la presencia de su espíritu en el ritual con el agua, espíritu de salvación y de felicidad, espíritu de cumplimiento de nuestra vocación a la plenitud y al cumplimiento de las promesas de Dios. Estas promesas de Dios fueron la respuesta a nuestro más grande y profundo deseo y, en este momento son, también, respuesta a los signos de un cosmos que tiene necesidad de ser abierto a la esperanza para ser verdaderamente cosmos y no caos.


Que Cristo, Verbo de Dios, nos conceda participar y actuar con Él en el bautismo y también en el nacimiento de cada persona comprometiéndonos con la felicidad de cada uno de nosotros, los que formarmos la humanidad.

EPIFANÍA


Si ayer hablábamos del universo como un sistema abierto hoy las lecturas nos muestran como la razón nos lleva la fe o a la desesperación. Las personas, todas, nos decantamos por la fe aunque sea implícita y escondida, al menos en los momentos más lúcidos de nuestra vida. Como nos demuestra la lectura de la Epifanía, no sólo nos lleva a la fe, nos lleva a la Encarnación. Es Dios es el único que podía abrir la finitud de nuestra humanidad a su infinitud. Infinitud que anhelamos por la propia vocación impresa en nuestra humanidad.. Por eso la estrella conduce a los magos (sabios) al portal.  Frente a un Herodes cuya falta de esperanza le lleva al odio.


La inteligencia no nos lleva a quedarnos por el camino discutiendo y litigando. Esta es la gran diferencia entre cristianismo y otras propuestas de salvación de tipo social y político. Hoy ya es que las relaciones humanas todo cambia, que no eran dogmas. menos mal que nuestro motivo para la esperanza, la plenitud de vida, la felicidad en Dios no cambia. solo si puede existir un verdadero progreso y no una circularidad vital. Solo así somos capaces de amar y trabajar por una humanidad mejor cobra todo el sentido. Por eso nosotros cambiamos, pero el amor de Dios por nosotros no. Para eso nos ha creado Dios, para colaborar con él amando y mejorando la creación y especialmente la humanidad. 

Que el Dios que se ha manifestado a toda la humanidad conserve y acreciente nuestra Esperanza en él  la Esperanza en la humanidad.

SENTIDO COMÚN Y FE SE IMPLICAN

         El aviso que recibió San José de parte del ángel era una propuesta de sentido común ante lo que era un problema que le superaba a José. Negar que hay problemas que no podemos afrontar porque nos superan es aceptar la sabiduría que nos viene de Dios para movernos en una vida y un mundo marcados por la limitación y con la esperanza de la ilimitación del Reino de Dios. No aceptar la realidad tal cual es, no solo en la bondad y los momentos buenos, sino también la dureza de los momentos malos, es una vía amplia, es justo ese camino que Dios nos desaconsejó porque conduce a la frustración. Aceptar la limitación, y calcular la estrategia para ir creciendo hacia un Reino de paz, justicia y amor que lo construye Dios a unos tiempos que se nos escapan es aceptar el primer paso de la sabiduría de Dios la que nos da la felicidad. El segundo paso consiste en colaborar con él elaborando estrategias inteligentes en ese reino que es inclusivo de todos, pero que no disuelve a nadie en lo comunitario.

         No negar la realidad supone reconocer que hay acciones, y límites en nuestro mundo que se alían con la destrucción. Como fue el caso de la decisión de Herodes y su gravísimo atentado a la vida, toda vía más grave por la indefensión total de los niños inocentes. Supone también reconocer que tales males nunca son voluntad de Dios. Por tanto, implica, también, evitar estos males cuanto esté en nuestras manos, como hizo José.

         Dentro de esta lógica se mueve la lectura de San Pablo. En ella hay una referencia nupcial que resulta molesta. Resulta molesta e injusta porque la óptica social desde la que se escribió está superada y resultaba marcadamente contraria a la igualdad real. Se trataba de una óptica basada en roles sociales que deben de adaptarse y corregirse para ir consiguiendo una igualdad que es de total justicia y necesidad. No obstante, ¿no podemos sacar nada de evangélico de cara a las familias de la misma? El Evangelio no está para cercenarse y en cierta manera nos alerta de como la igualdad anhelada por las personas y por Dios mismo que es su padre no se puede construir al margen de la realidad. La realidad de los rasgos propios, tanto primarios como secundarios, del hombre y de la mujer con los cuales se ha de contar para que la igualdad sea real entre ambos. Sólo de esta manera se evita una tabula rasa ciega e injusta.

         Que Dios nos ayude a aceptar la realidad y aceptarla, quererla y transformarla para crecer en humanidad, y caminar hacia su Reino de paz, justicia y amor, el Reino de Dios.

NOS UNE LA NAVIDAD

Si bien toda la creación tiene la huella del creador, no podemos negar que no tenemos evidencias de la presencia de Dios. Por este motivo tantos pensadores llegaron a la conclusión que Dios es como aquel relojero que puso en marcha el mundo y lo dejó a las personas para que hiciéramos nuestra parte. Incluso, algún científico ha llegado afirma, como si hubiese descubierto el mediterráneo, que Dios no es necesario para explicar físicamente el universo. El cristianismo, así como el judaísmo o el Islam y tantas religiones, reconocen que Dios no es algo físico, ni tampoco una cosa, o una fórmula matemáticas y que trasciende todo lo físico y todas nuestras ciencias. Esto significa que va primero y después que cualquier cosa que podamos llegar nunca a conocer.

No obstante, la Navidad nos recuerda que la impronta de un Dios Creador que existe en el Universo es la del mismo Dios que viene a nuestra vida para guiarnos y llevarnos a la salvación, a su Reino de paz, de justicia y de amor. Él vino “según la carne”, de una manera histórica y sobrenatural, esto es llevando a la historia natural aquello anterior y posterior a la naturaleza, esto es a Dios mismo. Esto, para hacer eficaz su venida cada momento de nuestra vida, el Verbo de Dios viene con nosotros para hacer de nuestra historia una historia de salvación y darnos su espíritu de conversión para que, de mil maneras, seamos capaces de acogerlo. Él nació en la noche, para que en la penumbra de la fe podamos decirle sí, como María, y vivir su esperanza y su presencia que nos hace hijos del mismo padre, el Padre que lo ha enviado.

Él nació en la noche para que algunos de nosotros podamos reconocerlo con una fe explícita y otros lo reconozcan más por sus consecuencias en la creación. Él nació en la noche para que algunos, si bien no lo reconozcan o renieguen absolutamente, puedan disfrutar de su plan de salvación. Incluso, aunque algunos no tengan confianza en el Dios de Cristo, Él sí tiene confianza en ellos. Por este motivo el misterio de la Navidad es un gran puente que une a los creyentes con los demás que no se consideran, y también con los que reniegan del Cristianismo. Por este motivo, la Navidad, incluso a las personas que no les gusta o que les pone tristes por circunstancias concretas, tiene algo que atrae a todos.

         Verdaderamente, el misterio de la Navidad, nos sólo nos une a Dios haciendo de nosotros sus hijos queridos, sino que también nos une a los demás. Esto porque el misterio de la Encarnación nos recuerda un origen común, un futuro único de vida y felicidad, y un camino compartido que tiene cosas buenas y cosas muy dolorosas, pero que nos lleva a un futuro de felicidad.

         Pidámosle al Dios que nace en nuestras vidas que nos haga tomar conciencia de nuestra unión con él y entre nosotros.

CRISTO NACIÓ SEGÚN LA CARNE


Al contrario de espiritualidades que diferencian lo espiritual respecto de las cosas que son propias del día a día, de las cosas concretas, de lo humano, Cristo escogió un modo humano de venir al mundo y se hizo persona.


Hace poco tiempo habíamos leído la genealogía de Jesús. En este texto el Evangelio nos hacía entender que Cristo, siendo Dios provenía también del corazón de la humanidad y de la sociedad de Israel. Hoy San Pablo nos habla de Cristo “nacido según la carne”. Esto implica en primer lugar que la espiritualidad del cristiano no puede ser evasiva de los problemas de cada día y de los del mundo. Cuando oramos, vamos a la oración con todo lo que somos, lo que nos sucede y también lo que sucede en nuestro entorno, en nuestra sociedad y en nuestro mundo. Incluso los cartujos llevan el universo a su “desierto vital” cuando hacen oración no pueden hacer una oración “en general”, piden a Dios por las cosas concretas, por cada humano en particular. Esta es una oración humana y, por tanto, cristiana. Lo más lejano al cristianismo sería una oración entendida como evasión individualista o de un grupo de escogidos y al margen de  la realidad humana y concreta. 


Por otra parte, esta humanidad lleva a un verdadero humanitarismo. La lógica social y humana no fue la que aplicó José a favor de María y el Niño que estaba a punto de nacer. De la misma manera, nosotros estamos llamados a usar nuestra lógica, nuestras matemáticas, nuestras ciencias, como instrumentos fundamentales, pero limitados. Con esto último queremos decir que la dignidad de un hijo de Dios, expresión del mismo Dios misterioso, debe de primarse. El humanitarismo es superior a estas lógicas, economías y ciencias. Dios es Misterio de amor y sus criaturas son expresión de este misterio que nos sobrepasa.   
También la creación es un misterio de amor creador de Dios. Debemos gestionarla atendiendo a nuestras lógicas y ciencias, pero no debemos dejarnos llevar por el miedo de los nuevos milenarismos. Nuestra razonabilidad debe ser esperanzada y abierta a quien renueva la creación, es decir a quien hace, con nuestra cooperación, de la creación actual “unos cielos nuevos y una tierra nueva”, es decir su Reino. Este Reino y el cumplimiento de todo lo que es actualmente la creación.


Que el Dios que es misterio de amor nos haga más humanos y humanitarios; y que esta humanidad la vivan cada día con más esperanza.

¿EN QUÉ CREEMOS?


Cuando trabajamos, lo hacemos buscando un objetivo, también cuando reposamos o nos divertims buscamos algo mś allá de la diversión el solaz. En todos los casos buscamos la felicidad. Felicidad, esa palabra y concepto que resulta difícil de definir y describir bien porque en la vida actual de todos los seres humanos no llegamos a tener una experiencia completa de la misma. Por otra parte, cuando ayudamos a los otros y les mostramos nuestra solidaridad, incluso en la expresión más altruista y pura, buscamos la felicidad de los otros, pero con una intuición profunda de que esta felicidad será al final de todos. En último término, implica una felicidad única que comparte toda la humanidad y que redundará también en nuestra felicidad.


De la misma manera, cuando buscamos una experiencia espiritual, a lo que Cristo en el Evangelio llama “Desierto”, así como en tantos lugares de la biblia, buscamos la felicidad. Como podemos ver los caminos de búsqueda de la felicidad son muchos. Igualmente las concepciones de la felicidad son muchas, y cada na presta atención a uno u otro aspecto de la misma felicidad. En este caso Cristo hace una comparación entre dos vías que pretenden ser las más directas y complexivas de todo lo que implica la felicidad. Debemos advertir previamente a referirnos a estas dos vías que todos estos caminos de una manera más o menos aproximada, pero cierta, conectan con la felicidad y se implican, por tanto no resultan excluyentes las unas de las otras. Estas dos vías a las que se refiere Cristo son: Una ascético-espiritual, la de Juan Bautista, que hace énfasis en el esfuerzo personal, y uan mística-religiosa que es la del mismo Cristo. Esta última pone el acento en la gratuidad con la cual Dios, el creador y fin del universo nos lleva a sí mismo, es decir al cumplimiento de lo más profundo de nuestro ser y, por tanto, a la felicidad. Esta felicidad es única para todos, compartida y personal al mismo tiempo.


Cristo nos demuestra que esta última vía es superior e implica la ascética-espiritual y también la solidaria como manera de compartir la única felicidad. Además, esto último, significa hacer crecer el Reino de Dios, Reino de felicidad y de cumplimiento en plenitud de la vocación de nuestra existencia y vida: de la tuya, la mía y la de todos.


Que el Dios de la vida y de la felicidad, el Dios de Cristo, nos haga más abiertos a su presencia en la experiencia religiosa, espiritual y toda experiencia vital.

MODELO DE HUMANIDAD E INTERCESORA


Hablando de la inmaculada, a menudo hemos referido la imposibilidad de reducir el misterio de Dios y su actuación sobre la creación a la razón. Esto, siendo verdad, nos puede inducir a una impresión equívoca. Tal impresión sería que nuestra fe no es razonable. O, también, que el dogma de la Inmaculada sería algo accesorio en el plano de la salvación de Dios.


Duns Escoto, el teólogo que puso los fundamentos del Dogma de la Inmaculada, declarado mucho después, nos mostró su razonabilidad, como posteriormente veremos. Pero primero debemos aclarar que el dogma de la Inmaculada no es el de la virginidad de María. Este último dogma non ha sido cuestionado por ninguna de las tradiciones cristianas y de la reforma de la Iglesia. La Inmaculada concepción implica que María fue concebida sin pecado original porque el mismo Verbo de Dios (La segunda persona de la trinidad encarnada en Cristo). La preservó del pecado original desde el primer momento de la concepción. 


Por otra parte, es un pensamiento razonable desde el plano de la salvación porque: 


Primero, Cristo, el que fue humano en todo excepto en el pecado debía acceder al mundo por un medio preservado del mal y por tanto del pecado.
Segundo, María, siendo solamente humana, es modelo perfecto de santidad desde el principio de su existencia; y, por nuestra manera de ser, todos necesitamos modelos.


Tercera, ella hace una perfecta intercesión por nosotros a Dios.

LA VIDA EN ESPERANZA       

Una tentación de nuestra cotidianidad puede ser la de pensar que solo somos importantes para nosotros mismos, o para un reducido grupo de personas que son nuestra familia y amigos. Quizás pensamos que este grupo de personas sea demasiado reducido. En cambio ya el Salmista nos dice que “aunque mi padre y mi madre me abandonasen” (como les pasa a algunas personas) “Dios no me abandona”. Ciertamente, Dios se hace presente en todas las ocasiones permaneciendo con nosotros cuando sufrimos y alegrándose cuando vivimos el gozo. Esto acontece porque Dios nos quiere y considera nuestra vida actual como algo muy importante, hasta llegar a la plenitud de la existencia junto a él.

         Por este motivo, si somos capaces de darnos cuenta de su presencia en cada momento, somos capaces de aprovechar todas las circunstancias, las favorables y también las dolorosas para crecer y dirigirse hacia nuestra plenitud y la del mundo. Con otras palabras seremos capaces de dejar las actividades de las tinieblas y caminar hacia la luz, según el lenguaje de San Pablo en la segunda lectura. También el Evangelio nos quiere transmitir esta importancia y urgencia de discernir a Dios.

         Por otra parte, no debemos de confundir esta actitud de permanecer atentos a la presencia de Dios con un activismo, menos con una especie de obsesión contemplativa estresante. Significa darnos cuenta que, en los peores momentos, nuestra vida es un don de Dios querido por él y ordenado a la felicidad junto a él. Significa, también, que la última palabra no será de sufrimiento o de muerte; será la palabra de vida y de felicidad que pronuncia el mismo Dios, hoy con minúsculas y mañana con mayúsculas.

         Significa, también, que el gozo de hoy es sólo un anticipo de la felicidad a la cual está llamada toda la creación. Esta llamada a la felicidad adviene todos tenemos la vocación a la plenitud de lo que somos en este momento parcialmente, es decir al desarrollo de nuestras potencialidades como imágenes de Dios mismo.

         Significa, también, que nuestro descanso y paz son un principio de la verdadera paz de fraternidad, justicia y amor que implica el reino de Dios al cual estamos todos llamados.

         Por todo ello, te pedimos, oh padre, que permanezcamos despiertos en la vida que nos das, y de vivir y transmitir tu presencia de paz, de justicia y amor en cada momento de nuestra vida hasta que lleguemos a la plenitud junto a ti.

DIOS QUISO QUE RESIDIERA TODA LA PLENITUD

La realidad de nuestra conciencia la podemos dejar influir por los demás pero al final la ordenamos nosotros mismos. La misma esperanza la sentimos o la vivimos nosotros mismos: La tenemos o no la tenemos. Claro que la influencian los demás pero al final la última palabra es nuestra. Por eso la presencia del Dios que es liberador y que es nuestra esperanza y motor en definitiva la aceptamos con nuestra fe que puede ser adhesión a la de los demás (a la fe de la Iglesia) pero que requiere de nuestro acto de aceptación. Por eso el bien que nos creó, la felicidad a la que vamos dirigida no nos la pueden quitar ni minorías poderosas, ni mayorías. Por eso hablamos del Reino de Dios.

Esto quiere decir que hablar del Reino de Dios es liberación, hablar del Reino de Dios es hablar de amor aunque no se corresponda y hablar del Reino de Dios supone hablar de búsqueda de la verdad aunque sea contracultural. Nada tiene que ver con los estados políticos de Reinos o Repúblicas. Eso sí para el que tiene fe no es una opción, es La Opción, que es la felicidad del mundo y la propia. En definitiva que lo que en otros términos se ha llamado “cielo”, “paraíso”, sea el Reino de Dios es el lado opuesto a la imposición de la minoría; pero también al relativismo que da por verdad algo porque lo diga la mayoría.

La clave para entenderlo nos lo da Santo Tomás cuando nos dice que Dios mueve nuestra voluntad dejándonos libres. Efectivamente menos mal que la última palabra es del Dios del amor, del Dios de la Vida, del Dios de Jesucristo y no nuestra. Esto quiere decir que nuestra ansia de justicia será colmada, la de misericordia, la de fraternidad, la de amor serán completadas y nuestras vidas y humanidad llegarán a plenitud.

Además, porque el Dios del amor es Rey, su Reinado de vida no se hace contra ninguno de sus hijos sino para todos sus hijos. Por eso se elimina todo dualismo, buenos y malos y resulta también ineficaz toda visión de la historia como síntesis de Contrarios. Más bien el progreso humano es la adhesión al Reino de amor que nos hermana y nos va uniendo.

Pidámosle a Cristo el Rey de la vida y del amor que con nuestras vidas peregrinas vaya haciendo su Reino de Plenitud de vida.

LOS CAMINOS ESTRECHOS HACIA LA FELICIDAD

Dios no ahorró a su hijo las dificultades propias de la resistencia al evangelio y del pecado estructural de su época. Cristo también era consciente de que estas resistencias al evangelio eran activas y actuarán hasta que Él sea todo en todos. Es por esto que avisa a sus apóstoles; los mismos que reconocerán después que Dios ha llevado a su hijo a la resurrección y a la vida, que también lo hará con ellos y con todos los que lo acepten de generación en generación.

Es cierto que la limitación del ser humano hace que en nuestras estructuras se suela hacer camino a gente calculadora que impresiona, seduce o atemoriza. Es un producto de la limitación que encuentra su amplificación en el pecado estructural, es decir en ese mal que empapa las instituciones y estructuras sociales. Pero sabemos que nada de esto nos puede apartar del amor de Dios. Que no tienen la última palabra y que aunque caigamos en estas redes la gracia salvadora de Dios es más poderosa.

¿Pero qué pasa si nos resistimos?, ¿Qué pasa si plantamos cara a este pecado estructural? Esto es anunciar el Evangelio en estos contextos. Por tanto es hacer el Reino de felicidad que es el Reino de Dios. En realidad como cristianos estamos llamados a hacerlo. No obstante preparémonos como Jesús preparó a sus discípulos. La limitación moral es pro-activa y estas resistencias nos alcanzarán. Diciéndolo en claro, preparémonos para la persecución injusta. Pero ¿Cómo hacerlo? Como lo hizo Jesús, preparémonos en la oración, preparémonos en la misericordia con los hermanos. Sólo así seremos capaces de hacer frente con la caridad, con la justicia y la misericordia y desde la verdad del Evangelio. No olvidemos tampoco evangelios anteriores, el que hace crecer el Reino de Dios es la misma presencia del Dios del amor, del Dios de Jesucristo. Por eso debemos confiar en él y en su amor del cual nadie nos puede apartar.

Que el Dios de Jesucristo nos ayude a superar nuestras resistencias y las del mundo a su Evangelio de caridad con la verdad, la justicia y la misericordia.

MIRAR TAMBIÉN DE TEJAS ARRIBA


En muchas ocasiones en el mundo actual se nos invita a tener un criterio fundamentalmente pragmatista. Por esto debemos distinguir entre un criterio práctico y un criterio pragmatista. Un criterio práctico implica que las consecuencias de aplicar el mismo no son contrarias al objetivo perseguido o al bien. Por tanto, un criterio práctico no se opone a la verdad; al contrario, procura llevar la verdad a la realidad cotidiana. En cambio, un criterio pragmatista es aquel que presta atención solo a las consecuencias inmediatas o primarias, es decir, a aquello que sucede inmediatamente como consecuencia de la acción. En realidad el criterio pragmatista solo persigue que estas consecuencias inmediatas produzcan el fin perseguido con la acción, si atender a la relación de este fin con el bien o la verdad.


Este criterio pragmatista era seguido por los Saduceos, grupo social ultraconservador de Israelitas de la época de Jesús que estaba compuesto fundamentalmente por las familias sacerdotales y aquellas vinculadas al templo y los sacrificios. Estas familias defendían un criterio tradicional que sostenía que se debía ganar el favor de Dios con sacrificios de animales para que Dios fuese propicio y les concediera: salud, hijos y tierras.


Este criterio comenzó a ser cuestionado desde la época del libro de Job, se dio una alternativa al mismo en el libro de la Sabiduría y se demostraba su insuficiencia en el libro de los Macabeos. Sin embargo, fue Jesús el Cristo quien superará definitivamente este criterio. El motivo es que este criterio de los saduceos ofrecía tierras, salud, hijos, pero no ofrecía una cosa que resulta necesaria para poder tener una motivación para: trabajar, reponerse de los problemas, tener alegría, desarrollar verdaderas relaciones de fraternidad etc…es decir motivos para vivir. Esto que ofrece el criterio de Jesucristo y no lo puede ofrecer un criterio pragmatista es la esperanza. Esta esperanza se representaba en los tiempos cercanos a Jesús con la necesidad de Israel de superar una posible futura destrucción del templo, como ya les había pasado: “destruid el templo y lo reconstruiré en tres días”, “el culto que quiere mi padre es en espíritu y verdad”.


Esta necesidad de verdadera esperanza había llevado al libro de la Sabiduría a hablar de volver a la vida. Por otra parte esta necesidad de verdadera esperanza llevó a Cristo a anunciar el Reino de Dios, es decir la resurrección como la creemos los cristianos. Una resurrección que supone llegar a la plenitud de la vida junto a Dios, donde se realiza nuestra vocación a la felicidad y a la realización de lo que somos verdaderamente. Esta resurrección resulta fundamental para vivir, transformar el mundo, desarrollar relaciones y actitudes que nos permitan crecer como personas y renovar la sociedad. Esto fuel el motivo aportado pro Ernest Bloch para que el cristianismo y las religiones fueran permitidas por los regímenes opresores del otro lado del muro de Berlín. También resulta obvio que la esperanza es el motor fundamental de nuestra vida y del hecho de levantarnos cada mañana. Por esto el criterio de cristo, el criterio esperanzado, es un criterio que busca la verdad, que parte de la realidad, y que resulta práctico porque nos permite afrontar la vida de cada día de una manera realmente positiva, alegre y al mismo tiempo realista.


Que el Dios que nos lleva a su Reino de plenitud nos conceda crecer en la esperanza, y así renovarnos y renovar el mundo.

EL ORDEN EN LA CONVERSIÓN IMPORTA


¿Sería posible un camino de conversión de nuestras actitudes si estamos seguros que al final es inútil? ¿Sería posible sostener los valores de un Reino de paz de justicia y amor si al final la última palabra fuera la de la muerte  e l vacío? Por supuesto que no. Para hacer una conversión a los valores del Reino de Dios es necesario encontrarse previamente con el Dios de la verdad , del bien, del amor que se manifiesta en que Él construye su Reino con la materia de la creación. Por este motivo non es posible vivir estos valores partiendo de un relativismo radical, como lo hacen los poderes fácticos de este mundo desde hace un poco de tiempo. Estos valores de igualdad, solidaridad, de verdadera libertad y de fraternidad los explican los poderosos en sus discursos, y consiguen que repitamos miméticamente sus expresiones muchas veces. Pero estas posiciones y discursos son superficiales; y esta superficialidad hace que no resistan la dificultad o la concurrencia con contravalores que tiene su origen en la afirmación del yo como absoluto.


Zaqueo tuvo necesidad de ver a Jesús para iniciar un proceso de conversión. También nosotros podemos tener un encuentro con Dios desde la fe y la esperanza que nos haga darnos cuenta que los valores del Reino son la manera de cumplir nuestra vocación en el mundo. Esta vocación es la de colaborar en la renovación del mundo que produce la gracia de Dios transformándonos en hermanos, y buscadores de la verdad que nos libera y que nos hace desarrollar los vínculos de unidad, es decir de comunión.
A Zaqueo no le importó la opinión de sus conciudadanos. Ciertamente, esta indiferencia no era procedimental. Con ello queremos dejar claro que no se trata que Zaqueo  o Cristo quisieran imponer nada a sus conciudadanos. Significa que el encuentro con el Dios de la esperanza y de la  vida eterna, es decir de los valores para la plenitud y la eternidad de nuestra vida y vocación. Por tanto, tampoco se trata de los valores de un consenso social. Ellos sabían bien que ni la verdad, ni la realidad son frutos del consenso. Obviamente que no se trata de una cuestión institucional o jurídica, sino de coherencia personal y de convicciones provenientes de la fuente de la vivencia religiosa del Dios que nos ama.


Según lo que hemos dicho, no nos debe parecer extraño que los místicos como Santa Teresa de Ávila o San Juan de la Cruz subrayaran que primero es la mística y después es la ascesis. Primero viene encontrase con el Dios del Reino de paz, justicia y amor y después hacer las elecciones vitales para cumplir nuestra vocación de colaborar con Él en su plan de salvación y de felicidad.


Que el Dios del Reino nos de cada vez más, una vivencia religiosa creciente y más profunda, para que podamos colaborar en la renovación de nuestro mundo y nuestra vida, y así seamos cada vez más hermanos y más felices.

EN MI DEBILIDAD TE HACES FUERTE SEÑOR:

Hay quien busca la mano de Dios en todo, y hace bien. Pero no como causa eficiente. Cuando las cosas nos van bien tenemos que dar gracias a Dios; pero no podemos olvidar los esfuerzos humanos que los son. Tampoco debemos dejar de reconocer el gran papel del el azar que no se puede confundir con la providencia, sino que es uno de los fruto de la limitación de este mundo. También en nuestra personalidad y nuestros patrones de conducta hay una influencia biológica y ambiental que es muy importante. Por eso tan ridículo es culpar a Dios de nuestros males, como pensar que las cosas de aquí nos van bien porque nos hemos abierto a él. Ni la vida, ni la historia es una película de Hollywood donde los buenos ganan y los malos pierden necesariamente. Incluso cuando confiamos el juicio a la historia en realidad hacemos gala de lo manipulables que somos. Pensemos en los mártires de la persecución religiosa, tan olvidados de la historia civil y Felices en Dios nuestro señor. Pensemos en el famoso impuesto del Té que dio lugar a la guerra de independencia de Norte América y luego resultó que no era tal. O la reconocida falsificación de las causas del accidente del navío Maine que dio lugar a una guerra y a la crisis del 1998. Estos son unos poquísimos ejemplos.

Por esto la actitud correcta ante Dios es la del publicano, es decir, ser bien conscientes de que ante Dios no hay méritos y que es su misericordia la que nos lleva a la felicidad. Este es el primer paso para dejarnos convertir por él; para dejarnos atraer en su plan de felicidad que parte de nuestra realidad limitada y nos lleva a una verdad feliz, liberadora y esperanzadora. Esto nos permite hacer una lectura creyente de la realidad, sabiendo que de Dios atrae todo hacia él va todo afortunadamente. ¡Claro que en el intermedio no nos abandona!, pero nos va salvando contando con nuestra libertad, conocimiento, potencialidades, con nuestra limitación y también la de la naturaleza, y  con el azar. Esta diferencia entre causa eficiente y las causas primera, última o formal es la que le hacía pensar al publicano que ni el hecho de ganar dinero con impuestos injustos era una gracia de Dios, ni el odio y la humillación de sus conciudadanos eran una condena de Él. El publicano se arrepiente por ser limitado en su voluntad, por no poner sus potencialidades al servicio de Dios, por su pecado. En cambio, tiene la confianza en un Dios que no es castigador y que no se expresa con la maldición y el desprecio de sus paisanos.

Este Dios nos espera a todos para trabajar por su Reino de paz de justicia y de amor. Pidámosle al padre que se haga su Reino, el que nos trae Jesucristo y que el Espíritu Santo nos inspira a pedirlo y abrirnos a él.

FORTALECER NUESTRA FE

Este evangelio resulta inquietante a primera vista. ¿Se podría comparar a un juez injusto con Dios, incluso con la intención de decir que Dios es más justo y generoso que un juez injusto? Obviamente sería muestra de una pobrísima concepción del Dios de Jesucristo que es justicia, amor y misericordia infinitos. Por eso, en este caso, como en general en todas las parábolas debemos centrarnos en la enseñanza que Cristo nos quiere dar.

En este caso parece bastante claro que Cristo quiere que imitemos las actitudes de esta viuda pobre e insistente en la petición sobre lo que  para ella es una necesidad fundamental. Por tanto lo primero será identificar cual es esa necesidad fundamental para todas las personas y de manera más consciente para los creyentes. El martes pasado celebrábamos la fiesta de Santa Teresa quien consagró la frase “nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”. Verdaderamente todas nuestras necesidades son pasos en una búsqueda de Dios, esta es  nuestra verdadera felicidad y esta es nuestra verdadera vocación.

Pero, ¿qué debemos de esperar de Dios? Dios nos lleva a la felicidad y a una vida que solo se puede obtener y disfrutar superada esta, nuestra vida temporal y limitada. Hoy estamos en camino; mañana, superada la temporalidad y atravesando el valle de la limitación llegaremos a la plenitud de lo que somos potencialmente. A este punto llegaremos más allá, cuando Cristo sea todo en todos, cuando la creación y la salvación estén cumplidas y sean completas.

Pero ¿qué podemos esperar hoy? Hoy esperamos la fe y la esperanza. Porque en el transcurso de nuestra vida temporal y de nuestro proceso de conversión podemos vivir el amor que es el mismo Dios por medio de la fe en Él, presente en sus criaturas. Por este motivo tener fe en Dios implica creer que Él es un buen padre creador, y esto no es fácil siempre. Por este motivo, nosotros, como hizo la viuda, debemos pedir a Dios la fe. También debemos pedir la esperanza de que el Dios del amor tendrá la última palabra, si bien hoy otros señores, y también la muerte parece que tengan palabras decisivas, no es así. El Dios de la vida que lo ha creado todo y nos quiere más que nosotros mismos, el Dios que es todo el amor y todo el poder tendrá la última palabra y será decisiva.

Por todo esto: ¡oh señor, como la viuda te pedimos que nos hagas crecer en la fe y en la esperanza en ti para crecer en la caridad.